Había una vez, en una pequeña ciudad, una niña llamada Caperucita Roja.
Cierto día, su madre le hizo el siguiente encargo:
_ Caperucita, ve a ver a tu abuelita que está enferma.
_ Pero, mamá, he quedado con mi novio en la discoteca.
_ Me da igual. Ve a llevarle esta cesta con CD´s de reggaeton y ropa para que me la cosa.
_ Vale - dijo Caperucita desaminada-. Cogió la cesta y se fue en su moto roja, a juego con la caperuza.
La madre le había advertido que fuera por la carretera vieja, pero ella no le hizo caso y fue por la autopista, a toda velocidad. En un descuido, chocó con el coche que iba delante y, aunque los dos conductores quedaron ilesos, el susto que se llevó fue enorme. Para colmo, intervino la policía.
Ella, al ver a aquel agente tan peludo, le dijo que no hablaba con esa clase de animales. El policía le puso la multa igualmente; aunque estaba muy triste, porque una vez más su espesa pelambrera hacía que lo identificaran con un lobo, que era el apodo por el que lo conocían.
Después del incidente, Caperucita se dirigió a casa de su abuelita con la moto destrozada. Le esperaba una desagradable sorpresa: allí estaba de nuevo el agente peludo.
_ ¿Qué haces con ese lobo, abuela?
_ Hola Caperucita. Te presento a Ramón, mi nuevo novio.
_ ¿Qué? - preguntó sin salir de su asombro.
Ramón le contó todo a la abuelita y ésta decidió llamar a la madre de Caperucita. Acabó castigada y, por supuesto, le pidió disculpas a Ramón. Nunca más discriminó a alguien por ser diferente; aunque no soportaba que Ramón y su abuela fueran tan empalagosos:
_ ¡Ay, Ramón! ¡Qué ojos más grandes tienes!
_ Son para ver mejor lo guapa que eres.
_ ¡Ay, Ramón! ¡Qué nariz tan larga tienes!
_ Es para oler mejor tu dulce aroma.
_ ¡Ay, Ramón! ¡Qué boca tan grande tienes!
_ Es para comerte a besos.
Sandra Beatriz Jiménez Carballo 2º C